El tribunal del clic: justicia frente al ruido mediático

Hoy, cualquier usuario opina, juzga y sentencia desde una pantalla, obviando los principios del proceso penal y desconociendo que, en un juicio, los derechos fundamentales deben prevalecer sobre el prejuicio, el ruido y la efervescencia emocional.
Opinión16 de abril de 2026

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Junior R. Alcántara

La justicia no solo se dirime en los tribunales; hoy, también se distorsiona en el tribunal de la opinión pública. Como profesional del derecho, observo con preocupación la dinámica actual de las redes sociales y ciertos sectores de la prensa: se ataca al sistema de justicia como si fuera un enemigo, olvidando que su función esencial es garantizar el orden y la protección de la sociedad.

Ante este panorama, surge una pregunta inevitable: ¿por qué guardamos silencio? ¿Por qué, frente a una sociedad ávida de respuestas, los juristas no intervenimos más en la conversación pública? Quizás sea porque entendemos que el Derecho se expresa a través de la ley y el debido proceso, tiempos que no encajan con la inmediatez digital. Sin embargo, resulta alarmante presenciar cómo se construyen juicios paralelos basados estrictamente en la desinformación.

Hoy, cualquier usuario opina, juzga y sentencia desde una pantalla, obviando los principios del proceso penal y desconociendo que, en un juicio, los derechos fundamentales deben prevalecer sobre el prejuicio, el ruido y la efervescencia emocional.

Es aquí donde cobra vigencia la tesis de Daniel Kahneman en su libro Ruido: un fallo en el juicio humano:

“En un mundo perfecto, los acusados se enfrentarían a la justicia; en nuestro mundo, se enfrentan a un sistema ruidoso”.

Lamentablemente, ese ruido ha trascendido los muros de las instituciones para instalarse en el tejido social. No es solo un ruido técnico, es un estruendo de opiniones sin fundamento, información fragmentada y percepciones manipuladas. Es el ruido de la crítica sin comprensión y de la influencia sin responsabilidad.

Lo verdaderamente preocupante no es la crítica —necesaria en toda democracia—, sino el uso del desconocimiento como herramienta de presión. Se han construido narrativas que posicionan a la ciudadanía en contra del sistema, como si se tratara de intereses antagónicos y no de la estructura que sostiene sus propias garantías.

Esta distorsión no es casual. Los medios digitales operan bajo la economía de la atención: cada clic, comentario o visualización se traduce en rédito económico. En ese mercado, el conflicto vende más que la verdad. La calma no genera tráfico; el morbo, sí. Por ello, con frecuencia se alimenta a la opinión pública con contenido diseñado para impactar, pero rara vez para educar. Recuperar el rigor en el debate jurídico es, hoy más que nunca, una responsabilidad compartida.

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Confío en la educación como motor de cambio y en el servicio como estilo de vida. Es hora de construir una justicia que no sea temida por su fuerza, sino respetada por su integridad y sentida por su cercanía.
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