
La reforma que nunca comienza

Mientras la educación no sea el verdadero punto de partida de las políticas públicas, seguiremos creyendo que los problemas del país se solucionan con nuevas leyes, nuevas instituciones o nuevas reformas. Sin embargo, cualquier transformación será pasajera si no comienza por formar a las personas que, en el futuro, tendrán la responsabilidad de dirigir esas mismas instituciones.
Hay una enseñanza contenida en el Evangelio según Mateo que resume esta realidad de forma sencilla: “Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente” (Mateo 9:17). El mensaje es sencillo: no se puede esperar un resultado diferente empleando las mismas estructuras que no están preparadas para sostener el cambio. Esa reflexión ha permanecido viva durante generaciones en un conocido refrán popular: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.” Ambos expresan una misma verdad: ningún cambio exterior puede reemplazar una verdadera transformación.
La intensión de este artículo no es señalar culpables ni responsabilizar exclusivamente a una institución o a un determinado gobierno. La educación es un desafío que ha acompañado a la República Dominicana durante décadas y cuya solución exige continuidad, compromiso y visión de Estado, sin importar el color político de quienes administren el país. Sin embargo, también debemos reconocer que ninguna sociedad puede aspirar a un desarrollo sostenible mientras continúe descuidando la formación de sus ciudadanos.
Existe una evaluación internacional que permite medir qué tan preparados están los jóvenes para enfrentar los desafíos de la vida después de años de escolaridad. Se trata de la prueba PISA, aplicada cada tres años por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) a estudiantes de quince años. Más que evaluar la capacidad de memorizar contenidos, esta prueba mide si los jóvenes saben comprender lo que leen, resolver problemas matemáticos y aplicar el conocimiento adquirido a situaciones reales.
República Dominicana participa en esta evaluación desde el año 2015. Los resultados más recientes muestran que el país ocupa uno de los últimos lugares entre las naciones participantes. Más allá de una posición en una tabla, la verdadera preocupación es lo que esos resultados representan: miles de jóvenes llegan a la vida adulta sin haber desarrollado plenamente las competencias necesarias para analizar, razonar, resolver problemas y tomar decisiones con criterio.
Esa realidad trasciende las aulas. La mayoría de nuestros estudiantes recibe educación en centros públicos. Muchos de esos jóvenes, dentro de algunos años, ocuparán puestos en instituciones públicas y privadas; serán maestros, médicos, policías, fiscales, jueces o ingenieros. Otros tendrán la responsabilidad de dirigir empresas, administrar recursos o tomar decisiones que afectarán la vida de miles de personas. La calidad de esas decisiones dependerá, en gran medida, de la formación que hayan recibido durante su proceso educativo.
Por eso, hablar de educación no es hablar únicamente de escuelas o de maestros. Es hablar de seguridad, de economía, de salud, de justicia, de productividad y de desarrollo. Es imposible aspirar a instituciones sólidas si quienes las integran no han tenido la oportunidad de recibir una educación capaz de desarrollar el pensamiento crítico, la disciplina, la responsabilidad y la capacidad de resolver problemas.
Basta con observar a países como Singapur, Japón, Irlanda, Canadá o Suiza para comprender que el éxito de sus instituciones no surgió por casualidad. Durante décadas apostaron por la educación como política de Estado y entendieron que los resultados no llegarían de inmediato. Formaron generaciones antes de esperar grandes transformaciones nacionales.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué le falta a la República Dominicana para recorrer ese mismo camino?¿Son realmente los recursos el principal obstáculo? Resulta difícil sostener esa afirmación cuando, con frecuencia, conocemos casos de corrupción y de uso inadecuado de fondos públicos que bien pudieron convertirse en escuelas mejor equipadas, docentes más preparados o programas educativos de mayor calidad. Quizá la pregunta correcta no sea cuánto dinero tiene el país, sino cuánto estamos dispuestos a priorizar la educación por encima de otros intereses.
El futuro de una nación siempre estará en manos de sus jóvenes. Pero esas manos solo podrán construir un mejor país si antes fueron formadas con conocimiento, valores y oportunidades. De lo contrario, seguiremos intentando introducir vino nuevo en odres viejos y esperando resultados distintos mediante las mismas prácticas de siempre.
Apostar por la educación implica aceptar que los frutos no se verán de un día para otro. Requiere paciencia, continuidad y la voluntad de sembrar para que otros cosechen. Sin embargo, toda gran transformación comienza exactamente así. Porque el verdadero cambio de un país no empieza cuando se inaugura una obra, se aprueba una reforma o se crea una nueva institución. Comienza cuando decidimos formar mejor a quienes algún día tendrán la responsabilidad de sostenerla.


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